Más que un comercio, la Cerería San Román es un testimonio de fortaleza histórica. Cinco generaciones de la familia Diéguez han mantenido viva desde el siglo XIX la llama de un oficio que desafía la automatización a golpe de paciencia, memoria y oficio.

En el corazón del centro histórico la calle San Román no solo comparte nombre con uno de sus establecimientos más emblemáticos, sino que alberga un legado que ha iluminado Galicia durante más de un siglo. Joaquín Diéguez Quintas, actual propietario de la Cerería San Román, representa la quinta generación de una saga familiar dedicada al arte de la cera. Lo que comenzó como un oficio artesanal se ha transformado hoy en un testimonio vivo de la historia industrial y comercial de Galicia, manteniendo intacta la esencia de la fabricación manual en un mundo automatizado.
La historia de los Dieguez es más profunda de lo que el propio Joaquín pensaba. Aunque siempre supo que el oficio le venía de sangre, fue una investigación reciente la que reescribió su árbol genealógico. «Creía que solo eran cuatro generaciones, pero por un historiador que investigó en el registro de Santiago me enteré de que soy la quinta», confiesa el cerero.
El hilo conductor se remonta a su tatarabuelo, Ignacio Diéguez Otero, quien ya poseía una cerería en la Rúa Nova de Padrón donde fabricaba y vendía sus productos. La tradición continuó con su bisabuelo, José Dieguez Sueiro (conocido también por la histórica Cerámica Celta), y se ramificó hasta llegar a Pontevedra, donde una prima de su abuelo regentaba la tienda actual antes de que la rama directa de Joaquín tomara el traspaso.
El pulmón de este negocio no está en la trastienda, sino en Pontecesures, donde la familia mantiene su fábrica. Se trata de un complejo con historia propia: aunque las instalaciones actuales datan de principios de los años 40, la fábrica original en esa ubicación se remonta a principios del siglo XIX, habiendo sido remodelada con el tiempo.
A lo largo de los siglos, estas naves han visto pasar de todo bajo diferentes nombres comerciales, como «Fábrica de Velas y Bujías Santa Ana». Y no siempre el negocio fue solo luz; en el pasado, la familia lo diversificó combinando la cerería con fábrica de jabones, venta de especias y droguería, hasta especializarse finalmente en las velas.
La fabricación de las velas es una danza de paciencia y precisión en la que los Diéguez siguen reivindicando la mejor artesanía
El proceso de fabricación que describe Joaquín es una danza de paciencia y precisión. Para las velas tradicionales, como las de Semana Santa, utilizan el «noque», un gran depósito donde las mechas, colgadas de una enorme rueda, se sumergen y emergen rítmicamente. «Se van mojando en cera, se enfrían y se vuelve a sumergir; cada capa coge aproximadamente un milímetro», explica Dieguez sobre este método de inmersión.
La materia prima es fundamental y variada. En sus fórmulas combinan parafinas refinadas y semirrefinadas, ácidos esteáricos y ceras de alto punto de fusión y elementos naturales como cera de abeja, soja y palma.
El resultado es un producto artesanal que reivindica su valor frente a la producción industrial masiva.
Joaquín Diéguez Quintas asumió las riendas del negocio en 2006, sucediendo a sus padres, Joaquín Diéguez y Dolores Quintas, quienes estuvieron al frente del mostrador durante medio siglo. La tienda de Pontevedra, cuya apertura se estima a principios del siglo XX, vive al ritmo del calendario litúrgico y social. Las ventas oscilan según la estación: velas de cementerio para Difuntos, decoración en Navidad, cirios altos para las procesiones de Semana Santa y la campaña de romerías de verano.
La visión de la actual generación va más allá de la venta. Joaquín proyecta aprovechar el «decorado típico antiguo» de la fábrica histórica, con el noque y la gran rueda, para crear un lugar donde artistas puedan exponer sus obras
Pero la visión de la actual generación va más allá de la venta. Joaquín proyecta convertir parte de las instalaciones históricas de la fábrica, que contaba con una tecnología puntera en su época, en un espacio de interpretación. La idea es aprovechar el «decorado típico antiguo», con el noque y la gran rueda, para crear un lugar donde artistas puedan exponer sus obras.
Esta iniciativa ya ha atraído la atención de figuras culturales, como directores de museos y un galardonado con el Premio Velázquez, quienes ya han visitado las instalaciones para evaluar posibles proyectos.
La Cerería San Román se mantiene así no solo como un comercio, sino como un guardián del fuego y la memoria, donde la cera sigue goteando capa a capa, igual que hace doscientos años.
Faro de Vigo





